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martes, abril 11, 2017

POEMAS DE OTROS DÍAS



Tantos días rutinarios,
que se fueron desde aquellos otros:
envolventes, insolentes.

Vasos llenos, aires verdes,
golondrinas blancas del verano azul.

Vida siempre, nunca muerte.

Ellos están conmigo.

¿Los has olvidado tú?


(c) Luz del Olmo Veros 

miércoles, abril 05, 2017

MEDIA VIDA-CARE SANTOS (II)

 


                                                             LAS INTERNITAS

Al poco de la despedida, la niña de diez años, llamémosla Lucía, quedó perdida en aquel laberinto de amplitud cerrada, donde las puertas grandes, los techos altos y los pasillos infinitos la rodeaban, y ella, intuyó que debería de tomar una serie de decisiones, sin saber por donde empezar.

La maleta que le había acompañado en su viaje, desapareció junto con la madre Mª Antonia,  no sin antes indicarle:
  • Y ahora , vete al comedor que tus otras compañeras ya estarán cenando.
Lucía intentó cumplir la orden pero ¿dónde se hallaba ese comedor? Decidió subir unos tramos de escaleras rectas e iguales, nada parecidas a las de su casa, para continuar por el pasillo que a ella se le antojó muy, muy, largo. Cuando llegaba a la mitad del mismo, otra monja salida de no sabía donde, la increpó:

-Y tú, ¿ qué haces aquí? Hace rato que a las internas se les ha servido el postre.

Lucía, cohibida, no supo qué contestar y al poco oyó un ruido de platos y cubiertos que provenía de una puerta abierta. Llegó hasta ella y entró:

Niñas de todas las edades comían en mesas de cuatro en cuatro en una sala tan amplía, que nunca había imaginado,  pudiese existir.

Después de sentarla en una silla libre, le trajeron en un plato, una manzana. Las otras niñas  apenas la miraron,  se ocupaban en pelar y trocear con cuchillo y tenedor, otras manzanas similares a la suya.

Lucía, en silencio, como el resto de sus compañeras, observó como pinchaban con el tenedor pequeño la fruta para cortar con el cuchillo,  la manzana,  y  después,  sin tocarla, la pelaban y se la comían.

En su pequeña experiencia de vida, la niña siempre  había comido  las manzanas a bocados y con frecuencia, recién cogidas del árbol, pero recordando los refranes de su padre “ allí donde fueres, haz lo que vieres”, decidió imitar a sus compañeras.

No tuvo suerte Lucía en su primer intento, la fruta salió disparada para darle a la monja en la toca que cubría su cabeza.

-¿ De dónde sales tú? ¿Quiénes  serán tus padres? ¿ De qué familia procederás?   ¡No se te ocurra ir a la capilla ni al dormitorio hasta que no aprendas a pelar esa manzana!

Mientras la pequeña, a su buen entender,  se aplicaba en no tocar la manzana con las manos, observó que otras niñas, diferentes a las compañeras que se acababan de ir, comenzaban a retirar los platos, limpiar las mesas, barrer el comedor y colocar todo lo necesario para el desayuno del día siguiente.

Después de pasar aquella su primera noche con las monjas, donde recibió todas las regañinas que no había acumulado en sus diez años de existencia, por equivocarse y llegar tarde a todos los lugares donde se suponía tendría que estar, aprendió en los días sucesivos que,  a esas niñas que hacían de criadas de ella, como antes lo fue su madre en el pueblo, las llamaban las “internitas”.

Al leer el libro Media Vida,  ha recordado las  muchas “Julias” del libro de Care Santos,  que además de limpiadoras del colegio, no podían estudiar un bachillerato, ni siquiera el elemental, y,  mucho menos el superior,  en la España de aquellos años 60. Estas niñas por el hecho de ser huérfanas y pobres, solo podían aspirar a tener una formación profesional.

Sí, Lucía  como Julia, era una niña pobre que vivía, en un colegio de niñas ricas de clase media alta, donde las internitas nunca se podían mezclar con  las internas. Estaba prohibido hablar y jugar con ellas.  Todas las estancias se hallaban separadas dentro del propio edificio.  Incluso los patios,  quedaban  divididos por una alambrada que hacía de frontera entre estas dos clases sociales. Las  monjas así lo  habían instaurado en su colegio. 

Luz del Olmo Veros 

domingo, marzo 26, 2017

MEDIA VIDA- CARE SANTOS



                                                   1959

Es muy posible que el hecho sucediera a principios del mes de octubre, cuando aún quedaban muchas cepas por vendimiar, pero Teodosio lo dejó todo y cogiendo de la mano a su hija de diez años, se encaminó al  autobús de la Continental para trasladarse con ella hasta Madrid.

Madrid era la ciudad donde le hubiese gustado vivir. El campo  en sí no le contrariaba,  pero el trabajar en él ya con sus 52 años, se le hacia cuesta arriba y más después del  golpe que la vida  les asestó,  arrebatándoles  su segundo hijo. 


Todos sus sueños  desde que se casó allá por los años de la  República, eran  el conseguir que sus vástagos estudiasen para poder tener una vida mejor que la suya,  donde el  labrar las pocas tierras que había heredado y el trabajar de vez en cuando para otros,  le estaban empezado a pasar factura en su rodilla derecha que  le dolía  con  frecuencia. 

Al hijo mayor , Rafael, había conseguido llevarlo al seminario de La Vid, no sin antes vender uno de los mejores majuelos que poseía. Evencio era su orgullo y   el de toda la familia. En el campo, pastoreando las ovejas, había conseguido hacer una radio de lámparas  donde él podía escuchar las noticias  de Radio Nacional, las peticiones del oyente de Radio Andorra y cuando ya todos dormían, La Pirenaica.  Después  cuando  el chico se  fue  a la mili, se reenganchó  para quedarse en el ejercito  como radiotelegrafista de aviones en Zaragoza. Más todo se truncó  el pasado  5 de julio cuando  la noticia  corrió por las calles del pequeño  pueblo burgalés:  Evencio se ha ahogado, Evencio se ha ahogado....hay que decírselo a sus padres, a la niña es mejor de momento, ocultárselo.

Teodosio ya montando en el autobús con su hija al lado, va recordando todo esto y de vez en cuando se saca el moquero de cuadros azules, porque se ha de limpiar la nariz  y con disimulo los ojos. El agua de la tristeza le va llegando sin quererlo. A partir de ahora se van a quedar solos  con el tercer hijo que les ayudará en el campo. Él también se iba a marchar en busca de un futuro mejor,  pero con esto de la muerte de su hermano, ha de renunciar a un prometedor  trabajo  para manejar las máquinas excavadoras, que andaban arreglando las carreteras principales por aquellos años.

El padre, al bajar del autobús,  coge la maleta de madera en una mano y  con la otra agarra con fuerza a su hija que, despistada y contenta, observa todo aquel devenir de personas y coches en el asfalto de  la tarde que empezaba a extinguirse. 

La puerta  era muy grande y la casa también. Con  una llamada al timbre, en pocos segundos, se abrió para recibirles una monja vestida de negro con hábitos largos y una toca grande  y blanca que le cubría  la cabeza.

Les hicieron pasar hasta un salón antiguo de techos muy altos, lleno de muebles completamente desconocidos,  para los ojos de aquella niña, que acaba de entrar a un mundo,  donde  no existía ni un solo resquicio  para   poder mirar  el cielo de la noche que iba cayendo  sobre Madrid.


Al cabo de poco tiempo, vino otra monja, se presentó como la directora. Se  llamaba  Madre Mª Antonia. La niña no existía para ellos, que hablaban  sin parar, pero sí se dio cuenta de cómo su padre,  sacaba otra vez su pañuelo de cuadros azules  y se enjugaba las lágrimas, esta vez sin disimulo:

-Perdone, madre, que tenga que hacer uso del moquero.

-¡Ah, muy bien! -se  río un poco la religiosa- Es verdad, de moco, moquero, está bien utilizada esa palabra. Yo soy la profesora de lengua y literatura  que le  dará clase  a su pequeña.

Después de un breve beso y abrazo entre padre e hija,  la puerta se cerró y fue entonces cuando la niña tomó conciencia de su entrada en  otro mundo muy distinto al que había vivido hasta ese momento.


Luz del Olmo Veros

(En el día de hoy 26 de marzo, mi padre cumpliría años. Es mi pequeño homenaje a este hombre  sencillo y bueno que nos dejó y se fue para siempre cuando yo tenía 15 años. Padre, te sigo queriendo y sabes que nunca te podré olvidar).



viernes, marzo 24, 2017

POEMAS DE OTROS DÍAS

(c) Luz

Brillas entre las nubes,
tenue por la cortina
de mi cristal.

Resplandeces. Desapareces.
Cojo tu verso
y me lo bebo. 

Eres un imposible,
pero eres mío.

Te estoy amando
y en este instante,
eterno y largo,
te estoy besando.

Lejos del tiempo
y de un lugar, 
solo fuego y niebla,
en mi recuerdo, 
eso serás.

(c) Luz del Olmo Veros 

 

martes, marzo 21, 2017

POEMAS DE OTROS DÍAS

(c) Luz


                                                                      Veintiuno de marzo.
                                                                   Equinoccio de primavera.
                                    Amanece a las siete horas y dieciséis minutos 


Quiso el alba, 
romper la densa bruma.

Desperezándose,
hundió el rayo en el agua
para formar,
la silueta de un arco iris
y en la memoria,
la transparencia eterna.

¡Ha nacido! gritó al aire
entreabriendo los ojos al Universo
con su olor a  rosas, lilas y almendros.

Ha nacido.

Y el hombre viejo,
feliz sonrió al saberlo. 


Luz del Olmo Veros

P.D Gracias a todos por vuestras felicitaciones.
El  facebook es un buen recordador para los desmemoriados.

sábado, marzo 18, 2017

UN HAIKU DE ALMENDROS EN FLOR


Después de leer el artículo de Óscar Esquivias : El truco del almendruco  en el periódico 20 minutos, porque me ha etiquetado en Facebok María García, junto a Mª Ángeles Merino, me ha sugerido un haiku que  quiero dedicárselo al autor burgalés.

Almendros blancos
en Campos de Castilla
luces de antaño.

Luz del Olmo Veros

(Óscar, perdona el lío que he formado en Facebook y feliz estancia en Las Canarias)


martes, marzo 14, 2017

A SANGRE Y FUEGO DE MANUEL CHAVES NOGALES

" Y  a lo lejos, una lucecita" que se persigue hasta el infinito para, otra vez, volver a repetir el esquema de los anteriores cuentos, donde el desasosiego, la barbarie, el disparar antes de preguntar, buscando, sin tregua ni descanso, en la violencia y el odio, luces para hostigar al enemigo hasta arrebatarle la vida. Solo entonces el asesino consigue alcanzar la paz ¿qué paz? La de los muertos.

Sí, lo sé, era una guerra. Yo nunca estuve en ella, ni quisiera estar, pero a las personas, en estos relatos de nuestra guerra civil,  que escribe Manuel Chaves Nogales, se les ha acabado la humanidad.